jueves, 18 de diciembre de 2014

Temas de Vida

 El silencio


En el año 1997, estando en la Abadía de Guigue un fin de semana note que algunas personas no se comunicaban verbalmente, bueno; me dije: será que no quieren conversar? Al rato me di cuenta de que estaban en voto de silencio: Pues me regalé la experiencia. Ya en domingo, día de partida me sentía descontaminada y agradecida.

Definamos el silencio como la ausencia de sonidos. El silencio puede ser un elemento de la naturaleza, en ambientes tranquilos y calmos. Pero también puede ser un elemento que propiciemos por nosotros mismos en espacios determinados en los cuales la concentración y el trabajo silencioso es necesario para obtener mejores resultados.

En la vida cotidiana actual, sobre todo en las grandes poblaciones urbanas, se demuestra que el silencio es un bien casi inexistente. Ya sea por el ruido del tránsito, de las charlas de las personas, de diferentes ruidos que tienen que ver con la vida cotidiana, es muy difícil lograr silencio total en áreas urbanas. Esto hace que sea necesario e importante generar de manera voluntaria espacios en los cuales el silencio sea elemento fundamental a fin de obtener mejores resultados en las actividades que se planean llevar a cabo.

Cuando llegamos a casa, después de un día de trabajo o estudio, podríamos regalarnos un rato de silencio, el evitar encender la tv, computadora o el equipo de música nos bastará para hacer de unos minutos un contacto directo con nosotros mismos. Quedarnos silentes, actuar despacio al quitarnos la ropa, es una maravillosa experiencia.

En la música, el uso del silencio es esencial, pues un descanso en una sucesión de sonidos es agradable, y un momento de silencio tras un acorde de tensión es increíble. Como primer ejemplo del uso del silencio, pondré a mi muy admirado Beethoven. En su novena sinfonía, en la mundialmente conocida parte coral del último movimiento, la sucesión de melodías, y el camino que sigue el maravilloso poema de Schiller, nos lleva a un momento culminante: se trata de un acorde monumental, en que la orquesta y el coro, al unísono, gritan la palabra “Gott” (Dios). 

Es un inconmensurable acorde tenso, en el que los pelos de los oyentes se ponen como escarpias, y la piel se vuelve de gallina, mientras los escalofríos recorren de arriba a abajo todo nuestro cuerpo. Pero no es ese acorde lo que produce la increíble sensación de poder que trasmite Beethoven. Ese acorde no sería nada si al momento se produjera una resolución del mismo, una relajación tras la tensión. Beethoven, como gran maestro no solo de la música, sino de los entresijos del espíritu humano, supo que lo que más podía mellar en los corazones de los hombres era el silencio. Ese monumental silencio después del monumental acorde hace que la tensión resuene en nuestras cabezas. Pero el silencio en la música no debe estar exigido por la partitura exclusivamente. 

Los que vamos con asiduidad a conciertos, observamos una práctica muy poco respetuosa con la música. Cuando el último acorde de una obra aún resuena en los auditorios, sin que su vibración se haya apagado, sin que haya hecho aparición el silencio que hace que siga sonando en nuestra cabeza, un clamor lleno de aplausos, vítores y “bravos” llena la sala sin dejar disfrutar al público del proceso mediante el cual el sonido se apaga.

Shssss….déjate envolver por el silencio. Descontamínate!

Marielisa Tedesco
@lahoraclasica
lahoraclasica2050@gmail.com

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